martes, 28 de julio de 2009

de "LIBRO DE LAS TRANSFIGURACIONES" por adrián campillay

Fotografías: Alberto Román / A. Campillay
p r o l o g a l




es noche de octubre y el trovador maldito ha oído crujir los huesos dentro de sí, reanuda la carta en contra de su destino, empujado por un deseo oculto, un deseo sin dios y sin patria, como los que siempre tuvo y casi olvidó, no sabrá nunca por qué, ni cuándo, a ciegas guardó el cuchillo que llevaba a todos lados.
La noche es inmensa, espesa, inalcanzable; en todas partes la luna reclama su venganza de luz y misterio. A veces, a la sombra mortecina de un árbol, sus rayos acarician los cadáveres que adornan el mundo; en ese espectáculo sin vida se regocija, se duele, vuelve a si mismo. Ya nada cambiará el curso de los días y recuerda –de golpe– que el poeta es un asesino. Con ese recuerdo vienen a su mente los cuerpos, las lenguas, los disparos, la sangre, la pasión, los intestinos y los ojos de todas las personas que asesinó, a sangre fría y fría es la daga que acaricia. 
Madre del carbón y la piedra su corazón, sus manos, sus modales que mienten y su dolor que dice la verdad ¿pero cuál? ¿y cómo? si la luna sangra y la falsedad de cada hombre y mujer de este mundo lo sostienen. Lo sostienen  –digamos– desde una perspectiva que nada tiene que ver con sus pensamientos ¿y que mierda tienen que ver sus pensamientos, incubados en la mentira y alimentados por la mentira misma? En el barrio de donde vino no existían esas preguntas. Su primer amor fue una forma de conocimiento desesperado, era necesario entender todo, hasta lo imposible, cada detalle, lo que nadie se explicaba, ni se preguntaba, hasta la última remotísima posibilidad, de un modo maníaco, obsesivo. 
De ese mundo de lógica solo obtuvo una resaca horrible. De niño creyó ser menos que nada, sin embargo no pasó mucho tiempo antes que se diera cuenta de lo que entendió como una condición que lo separaría para siempre de los demás. Por primera vez oyó las palabras caer dentro de las cosas, después de lo cual entró en trance. Pasó una parte de su niñez metido en un armario, autorecluido, acompañado de una radio, un cuaderno y dos o tres libros. Sólo después tuvo amigos, pero al salir del armario sintió que se había abierto otra grieta, se había producido un cambio que era en el fondo una curación, como si le hubieran conferido una libertad condicionada se movió con cautela entre todos los seres, incluidos árboles, silencio y espera. 
Ahora la espera es un signo menos. El olvido de si mimo comenzó esperando que el mundo se hundiera por si solo, se incendiara mientras permanecía adormecido en la burbuja. 
Pronto olvidó el sabor de la sangre, el olor del vino. La tibieza de un cuerpo desconocido en la noche, un cuerpo ebrio y desconocido y el olor de un sexo en la oscuridad de un cuarto también desconocido. Era como si hubiera vuelto al armario sólo que ya sin ninguna inocencia –vehículo de toda curación-. Había probado el sabor de las drogas y los crímenes, los resultados distorsionados y muertos ¿y por qué había usado tanto esa palabra? —se preguntó—, justo cuando la noche masticaba tranquila, su fila de cadáveres. Envuelto así en esa suerte olvidó toda cosa, todo olvido. Y parecía que la carta, era lo único que no había olvidado. Se recordaba a si misma, hablaba ciega en las sombras del pasado y el futuro haciendo al tiempo circular, o cuadrado, los triángulos eran una dificultad. Esa vieja carta, motivo de todo deseo, se parecía a la razón de su vida ¿y por qué ahora su amiga lo miraba otra vez, otro cuarto de hora, otro cuarto de noche, como hace dos mil millones de años o dentro de cinco mil millones de años, ayer, hoy, mañana o nunca? ¿y por qué importa si la realidad ha sido escrita en la piel o en el deseo que viaja? siempre a cualquier lugar, siempre a su destino.
Su amiga nunca imaginó este crimen pero él lo tuvo en mente ...siempre, cuando la presa te mira a los ojos es difícil imaginarla, el asesino es: asesinado y el orden del cosmos cumple su cometido. El amor es lo único que nos acerca a la verdad, la verdad animal, nuestro último instinto.
Hueso por hueso cuenta los golpes, su amiga siente sed, hambre de un cuerpo y él sólo puede ofrecerle su sonrisa. En esos pensamientos la vida lo reclama, en esta doble partida sus cartas se confunden pero vuelve a si mismo. En su propia mentira se siente más limpio el aire y el cielo es el cielo, cayendo, siempre, sobre todas las cosas, sobre las vidas que se olvidan y las nuevas muertes, los nuevos caminos que no van sino al mismo sitio. 
La carta: anónima, circular, interminable, despliega su pintura que nadie puede entender. ¡Nadie! ...salvo él, herido de su destino y sin derramar una lágrima ¿para qué llorar? se pregunta y luego llora desconsoladamente. En su llanto el mundo se separa hasta desintegrarse. Sólo madres hay para curar este olvido, que no es olvido, ni rencor, ni nada parecido. Se parecen tanto a su carta los olores de la muerte y de la vida, lo delicioso y podrido. Y aunque ahora su amiga duerme desnuda en su deseo no encuentra razón para tocarla. Será mejor así, hasta que todo vuelva a su sitio, hasta que todo se quiebre y ya no queden huesos ni sombras, ni recuerdos que lastimen, ni horas que mientan y tampoco ninguna verdad. 
En ese terreno su vida se abrirá hasta habitar todo sin miedos, incluso su cuerpo y nada, absolutamente nada. Tal es la carta, y tal es el vicio. Su amor había crecido hasta abrazarlo todo, hasta asfixiarlo, hasta que todo se había vuelto demasiado pequeño. 
Aquel cuerpo desnudo le recordó al olor del pan en la ciudad abandonada de los sueños; de eso no había duda pero el olor de aquel cuerpo era también como una mañana recién nacida sobre el mar, con los primeros sonidos del puerto en la espalda. Era algo nuevo y viejo, salado y dulce, suave pero podía paralizar. También se parecían sus huesos, húmedos y firmes, a aquellos palos olorosos de los que se amarran los barcos, para que no se los trague el maligno. 
Pero ahora la espera es un signo menos, mejor no hablar del tiempo en estos momentos. Aquel cuerpo no debe atormentarlo, no debe ser su víctima. El olor del pan, y una lámpara en el cuarto completamente vacío, frío como un hueso muerto. ¿y por qué debía reanudar la carta? ¿debía o quería hacerlo? ¿fueron las palabras quienes desencadenaron los hechos o los hechos quienes desencadenaron a las palabras incluso antes de haber sucedido? de nada servía conocer las respuestas. El olor del pan era una señal. Su vida estaba llena de señales. ¿Acaso estaba loco? Tanto, como el mismo Cristo el día de su crucifixión. Si ella despertara y lo encontrara con el puñal en la mano tal vez sonreiría inocentemente, como se le sonríe a un demente. Si acaso se le ocurriera abrazarlo sería una suerte. Algo inesperado, como una llamada a mitad de la noche o los versos que se le ocurren mientras camina hacia adentro en bares y calles. Con sólo un abrazo podría ella hacer que ablandara él sus dedos alrededor de la empuñadura del cuchillo, sólo un gesto y entonces: se da cuenta de golpe, se ha quedado sin palabras. El poeta muerto dentro de él es un muerto particular, siente sed, de vez en cuando necesita un cigarro, pero no siempre está dispuesto a soltar esa sustancia en la que el caos adquiere su verdadero significado, su único posible orden. 




POSDATA7.

todos están locos en el bar
girando en su propio y merecido naufragio
solos
en la letra de un tango
o buscando sus hijos perdidos
en la oscuridad de antiguo mar
no importa
todos están locos y eso tampoco es importante
todos estamos locos y nadie lo sabe
así es mejor
porque si no
querrían matarnos
y eso no sería lo suficientemente importante todavía.




3 comentarios:

  1. Me gusta este estilo confesional y epistolar o algo asi. Metaepistolar, jja por lo que menciona.

    Me gustan mucho algunas imagenes y pensamientos, como los del pan y el mar y otras cosas.

    :)

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  2. eso me recuerda a lo mucho que me gusta escribir y recibir cartas. en cualquier momento le escribo. un fuerte abrazo.

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  3. le recomiendo leer CARTAS DESDE RODEZ (de Antonin Artaud) en donde el género epistolar crece hacia todos los costados de la literatura, suponiendo que tuviera costados, la tal señora esa de las palabras.

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