viernes, 15 de septiembre de 2006

LEONARDO GARCIA PAREJA (Premio CFI 2004)

Para toda la vida

Salir de una ciudad en tren puede ser desagradable o triste o las dos cosas a la vez. Uno ve el costado infame de la condición humana. Basureros municipales, villas miseria, una mujer arrojando un balde de algo sucio, con una multitud de niños descalzos brotándole entre los pies. Los saludos infantiles se desvanecían en el vidrio hasta desaparecer para ser sustituidos por un vagón descarrilado que deja paso a un cartel de Geniol y éste a una chacarita de aceros olvidados donde una docena de lavarropas y heladeras consentían que su chapa se oxidara contra un cielo indiferente. Vi cómo mamá apretaba con fuerza la mano arrugada de mi padre que todavía gruñía. El golpeteo monótono me facilitó acompañarlo, por unos instantes, en el hilo de sus pensamientos.
Era el mes de agosto, recuerdo, cuando un camión dejó caer aquella máquina sobre nuestro jardín, un lavarropas Westinghouse. Pesaba una enormidad, por lo que algunos de los vecinos del Callejón de Las Moreras, que se habían reunido para apreciar la maravilla de la ingeniería que había decidido posarse en nuestro hogar, se apresuraron a ayudar en la ardua tarea de bajarlo del camión. La tía Teresa preparó masas caseras y el abuelo se atrevió a descolgar un jamón desde la piecita del fondo que cortó con prolija paciencia. Los chicos hicimos una ronda alrededor del cilindro reluciente y, aunque se nos prohibió tocarlo, nos sentamos a mirarlo mientras bebíamos leche tibia.
Algunos daban indicaciones acerca de la manera de instalarlo mientras otros opinaban acerca del motor o la garantía. En ese momento mi madre comentó que sería abonado en cuarenta y ocho pequeñas cuotas que no dejaron dormir a mi padre durante cuatro años, pero, claro, yo entonces no sabía lo que era una cuota ni conocía la elástica dimensión de un año.
Ese día no lo hicieron funcionar porque el abuelo, que había estudiado hasta tercero en la Escuela de Minas, quería leer el manual de instrucciones y la tía deseaba hacerlo bendecir antes de echarlo a andar.

Me recosté para mirar una vez más las manos transparentes de mi madre, manos con cordones azulados y arroyos de café con leche. Noté en la ventanilla la presencia de un letrero negro que decía “Luján” en el momento que el tren comenzaba nuevamente su monótona marcha. Mi padre seguramente tendría su mente puesta en el viaje, en el otro viaje, el que habíamos emprendido seis años atrás.

Cuando subimos al Kaiser Caravelle llevamos la jaula con Cirilo, un par de sillas de paja (las que estaban mejor de las seis), salames de Coronda, dulce de membrillo en cantidad, unos papeles que decían que papá trabajaría en la radio. El lavarropas no entró, de todas formas la tecla de encendido ya no funcionaba y era necesario desenchufarlo para que dejara de rechinar.
Desembarcamos en un departamento, cerca de Constitución. Dos ambientes, tercer piso con ascensor. Recuerdo haber subido y descendido cuatro o cinco veces seguidas en aquella caja de rejas y poleas, es que cuando llegaba al tercero me ponía a llorar porque no quería que bajáramos; entonces mi padre accedía a regresar una vea más a la planta baja, ante la cara de estás consintiendo demasiado a ese chico que ofrecía mi madre.
Las primeras tardes encendíamos la radio media hora antes de que comenzara “El otoño en que te amé”. El aparato demoraba un buen tiempo en calentar sus válvulas y después emitía unos rugidos, similares a los de un gato, por lo que Cirilo se separaba dentro de su pequeño mundo de alambre y alpiste. Más tarde llegaba la voz del locutor y de los artistas que apenas si oíamos porque estábamos atentos a los sonidos de fondo que, con los materiales más insólitos, papá se ocupaba de producir.
Diez años afiliado al partido, pegando carteles en las paredes y dando palmadas en el hombro le habían valido la posibilidad de codearse con Zully Láinez y Alfonso Pérez Tomba en aquella legendaria Radio Nacional.
Recuerdo un día en el que, cuando papá llegó, mamá lloraba desconsoladamente y es que, estando ahí mismo, mi padre había sido incapaz de hacer algo para que Carlos Alejandro no se alejara de Margarita Sofía.
Pero la tarde que más marcó nuestras vidas fue aquella en que mamá le dijo que Cirilo había muerto. Ella estaba segura de que había fallecido porque el pobre pájaro no había vuelto a ver el cielo. También dijo que moriríamos como Cirilo porque en Buenos Aires no había cielo y eso nos mataría a todos poco a poco. De nada valieron las explicaciones que quiso argumentar mi padre. Mamá lo acusó de condenarnos de aquella manera, si era evidente que cada vez estábamos más pálidos. Fueron meses de discusiones ásperas, amenazas, llanto entrecortado. Papá juró gritando que jamás en la vida, pero jamás de los jamases, volvería al pueblo como un fracasado.

El tren se detuvo frente a un cartel que decía “Estación Junín”. Estaba nublado. Pasó un tiempo inexplicable antes de que la locomotora comenzara nuevamente a decir su áspero gemido de conquista. Mi madre pronto se quedó dormida.
Llegamos de noche, por suerte. Caminamos como pudimos, arrastrando unos bolsos desvencijados hasta nuestro Callejón de Las Moreras. Al viejo Kaiser Caravelle lo habíamos tenido que vender para pagar los pasajes y las deudas. El único que no reía era mi padre. Cuando abrimos la puerta nos recibió una nube de polvo y tela de araña. Lo primero que vimos detrás de la nube, y como si estuviera esperándonos, fue ese inmenso lavarropas, inmutable. Sobre un costado podía leerse claramente: “Westinhouse, para toda la vida”.
Leonardo García Pareja

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