EL ENCUENTRO
A nuestro alrededor había seres que nos observaban y se reían de nuestras ocurrencias, de nuestras genialidades.
Nosotros disfrutábamos, por lo menos yo, me sentía a mis anchas en ese aquelarre literario, en esa fiesta de palabras soltadas al aire que despertaban distintos sentidos, distintos sonidos en aquellos que nos escuchaban.
Como las puertas a los otros mundos estaban abiertas fuimos visitados y a veces molestados por quienes eran despertados por nuestras palabras.
Así vinieron: generales victoriosos, filósofos con hambre, reyes destituidos, duendes borrachos, niños gatos y hasta mesitas de luz enojadas.
No no importaba, nosotros seguíamos sacando papeles escritos de nuestros bolsillos de nuestra ropa interior de nuestra alma. Y las soltábamos al viento para que se elevaran al paraíso o descendieran al infierno, para que corrieran libres o cayeran a nuestros pies, agotadas.
Algunas atrevidas, tocaban la cola de los duendes que nos escuchaban, otras se sumergian tristes y cansadas en algún vaso de vino y emergian borrachas de tristeza llorando sus frustaciones.
Yo estaba leyendo una de mis tonterías, esa que escribí al borde del precipicio desolado de la desesperanza, y al levantar la vista del papel, te vi, dulce ilusión esperada, con tus ojos sonrientes y tu boca iluminada, la carita de luna llena me miraba fijo y divertida, se reía de mi tonta desconfianza del mundo. Y te fuiste, te alejaste después de regalarme una visión de tus dientes maravillosos y yo como siempre me quedé con mis papeles en la falda boquiabierto, esperando...
Nosotros disfrutábamos, por lo menos yo, me sentía a mis anchas en ese aquelarre literario, en esa fiesta de palabras soltadas al aire que despertaban distintos sentidos, distintos sonidos en aquellos que nos escuchaban.
Como las puertas a los otros mundos estaban abiertas fuimos visitados y a veces molestados por quienes eran despertados por nuestras palabras.
Así vinieron: generales victoriosos, filósofos con hambre, reyes destituidos, duendes borrachos, niños gatos y hasta mesitas de luz enojadas.
No no importaba, nosotros seguíamos sacando papeles escritos de nuestros bolsillos de nuestra ropa interior de nuestra alma. Y las soltábamos al viento para que se elevaran al paraíso o descendieran al infierno, para que corrieran libres o cayeran a nuestros pies, agotadas.
Algunas atrevidas, tocaban la cola de los duendes que nos escuchaban, otras se sumergian tristes y cansadas en algún vaso de vino y emergian borrachas de tristeza llorando sus frustaciones.
Yo estaba leyendo una de mis tonterías, esa que escribí al borde del precipicio desolado de la desesperanza, y al levantar la vista del papel, te vi, dulce ilusión esperada, con tus ojos sonrientes y tu boca iluminada, la carita de luna llena me miraba fijo y divertida, se reía de mi tonta desconfianza del mundo. Y te fuiste, te alejaste después de regalarme una visión de tus dientes maravillosos y yo como siempre me quedé con mis papeles en la falda boquiabierto, esperando...
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