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martes, 14 de febrero de 2012

GUÍA PARA EXTRANJEROS adrián campillay


(guía para extranjeros)
una vieja historia
del futuro


- CAPITULO UNO -
El transeúnte no está obligado a caminar por las alfombras. Las bebidas alcohólicas, se retendrán en cada entrada, debiéndose pagar un impuesto de conservación. Las luces verdes, en los pasillos, indican la Zona Exclusiva de la Raza. Por ella podrán circular aquellos que tengan credencial o acrediten el inconfundible signo #(# en el ombligo. Las cabinas oscuras, cuyos números de serie vallan del 573 al 4.320, están habilitadas para el uso de drogas autorizadas. Los bloqueadores de estado, se usan a conciencia de la contaminación radioactiva y mediante el pago de un impuesto, cuya recaudación es destinada al mantenimiento de los distintos puestos sanitarios de intoxicación, de uso absolutamente gratuito.

El último trago de coñac acarició la garganta de Syd. Eran las seis de la tarde cuando el autoparlante calló y la música volvió a salir por los auriculares de su aparato. La luna es como el fondo de una botella vacía. El transeúnte no está obligado a caminar por las alfombras. Es una verdadera suerte.

El autoparlante emitió el sonido de una gaviota que muere. La voz de Luca se desvaneció en la oreja de Syd. Y como quien muerde una manzana hacia atrás, en un abismo, para girar sobre un eje y caer eternamente a un vacío sin número, buscó el sorbo en la botella en la que ni el vapor del coñac existía.

Caminó lentamente, como si el tiempo fuera una mera prolongación del sentido o el ritmo de su corazón; como si la ciudad fuera un pulso y él la sangre se dejó llevar por calles desconocidas e iguales, e iguales a todas las calles del mundo.

Agradecemos su colaboración, lo hacemos por Usted ¡NO CONTAMINE!. A Syd le gustaría ver el cuerpo de la botella triturándose, corriendo por las entrañas de una máquina que no distingue entre el alcohol y el agua; oír las mandíbulas de un ser que pasa tragándose las sobras del mundo ¡OÍR!! Encontrar una respuesta detrás de las palabras, que no sea: lo hacemos por Usted, no contamine, coloque veinte centavos en la ranura. Pero las respuestas son decorativos accesorios de la existencia, una trama de morbosos detalles que se mezclan sin explicar; como el envase de un antiguo coñac, que al ser arrojado a un triturador de residuos, se encuentra con las sobras podridas de la especie.

Lo hacemos por Usted. Usted no debe escuchar este ruido; después de todo, no vale la pena preocuparse por un simple triturador de residuos y una botella vacía, sobre todo: vacía.


Usted ha ingresado a la "Ciudad 3", el verde y el rojo no están permitidos.

La mano de Aideé, la boca de Aideé, acarician la entrepierna de Syd. Los muslos se contraen, los suspiros golpean el pecho. El cuerpo de Aideé sobre el cuerpo de Syd. El cuerpo de Syd sobre el cuerpo de Aideé. La lengua de Aideé en la boca de Syd. La lengua de Syd. Apenas un recuerdo vago, hermoso. Los hombres no lloran pero Syd no es un hombre, ni siquiera un Miembro de la Raza.

Los signos ALFA, en los pasillos, indican la Zona Exclusiva de la Raza. Los homosexuales declarados, salvo que pertenezcan a La Raza, deberán presentar las correspondientes certificaciones sanitarias, sin las cuales no podrán ingresar a lo lugares públicos que les correspondiese según su rango; todo esto sin perjuicio de que su permanencia podrá ser sólo de tránsito y no superará las quince horas.

Está permitido el uso de cualquier bebida alcohólica reconocida, siempre y cuando esta se desarrolle en las cabinas de ingestión, no pudiéndose exhibir los envases bajo ninguna circunstancia, gracias...

El dorso de la camisa secó las lágrimas de Syd. Miró en su brazo una vez más, el taTUaJE. A Syd le gustaría comprar otra botella de coñac.


- CAPITULO DOS -
Usted ha solicitado la adquisición de un artículo inexistente. Usted ha solicitado la adquisición de un artículo inexistente. Vuelva a marcar. Vuelva a marcar. Usted ha solicitado la adquisición de un artículo inexistente. Vuelva a marcar... Usted ha...

Las flores están distribuidas en forma triangular alrededor del cadáver. Usted a ingresado a la "Ciudad 3", el verde y el rojo no están permitidos. La luz es tenue y el calor se cuela a través de los poros de la piel hasta el alma de los presentes. Los esclavos negros, cuyos números de reconocimiento no estén actualizados, no podrán ingresar. Un calor que huele a perfume y lilas de plástico de mala calidad, penetra en la nariz empolvada de Syd, quien observa a su padre muerto en la sala malherida de parientes lejanos. Usted a corregido con exactitud, marque *5* y coloque veinte centavos en la ranura. Gracias. Afuera hay dos policías de color azul; sobre el sillón amarillo, la madre de Syd llora desconsolada y húmeda en su vestido negro como el día. Transeúntes de color, favor de pagar el impuesto de aceptación.

La boca de Syd saborea el coñac de veinte centavos. El recuerdo de su padre se escurre por la garganta incendiada en la cabina. A Syd le gustaría beber fuera de la cabina y sentirse como pájaro. Como pájaro y como huella en el aire de un río de cristal. Pero el cristal es tan sólo un material transparente, que colocado alrededor de la muñeca de un individuo, y sostenido en un extremo por un conductor metálico que transporta electricidad y radiación, constituye un Bloqueador de Estado: aparato que puede traerte de cualquier viaje cercano a la muerte.

Los videojuegos están llenos de niños negros acompañados de sus amos. Usted está bajo el efecto del sonido DUMPº, evite el uso de anfetaminas durante este proceso de tranquilización. Son las ocho, treinta, y cero.

El tema de Luca acaricia los poros de Syd. Se ha producido en el una paz irreconocible, una paz DUMPº o "ficticia", que recorre sus enfermas venas cerebrales.

El neón amarillo, que rodea las manzanas (3) y (9), indica los límites restringidos de la Zona Militar de este Estado. Se recuerda a los señores transeúntes que bajo ninguna circunstancia se permite el ingreso de personas no autorizadas. Tampoco se permite dirigir la mirada o recordar lo que casualmente se pueda oír o ver en esta zona. A Syd le gustaría beber fuera de la cabina y sentirse como pájaro. La lengua de Aideé escarba entre los dedos de Syd, una aurora olvidada, un recuerdo más. Aquellos Miembros de la Raza que por razones de fuerza mayor, hayan sido autorizados para ingresar, no podrán hacerlo en compañía de sus esclavos o mascotas semihumanas de paseo o exposición. Usted está bajo el efecto del sonido DUMPº, evite el consumo de anfetaminas durante este proceso de tranquilización.


- CAPITULO SIETE -
Pero los deseos son bellísimas trampas que recorren la piel de los imbéciles. Usted ha abandonado la "Ciudad 3". Las ratas de los sueños de cualquier Syd.

Cinco, cuatro, tres, dos, uno, ...cero.

La cara de Syd ha cambiado repentinamente con la velocidad del ascensor. El alcohol le ha subido a la garganta, y una expresión de vértigo ha provocado la pregunta: ¿se siente usted bien?. Usted está a bordo de un Ascensor Siemmens X-A 235, cuya velocidad normal de transporte es de 287 km/hora. Estoy bien, gracias. 

Se ruega a los señores pasajeros exhibir los objetos metálicos ante la cámara. El detector de metales indica la existencia de tres objetos pequeños. Un individuo de color negro, saca un enorme medallón de plata, el cual desenvuelve (lentamente) de un pañuelo rosa. Usted está viajando con destino al "Subsuelo 23", el tiempo aproximado de viaje es 23 minutos, 30 segundos. El calabozo está sucio y frío en la Zona Militar de le "Ciudad 9". En la celda son todos homosexuales y prostitutas no autorizadas. Los ojos de Aideé están llenos de lágrimas. Los ojos de Syd están llenos de lágrimas ¿se siente usted bien?. Se ruega al señor pasajero exhibir el objeto faltante ante la cámara. El dorso de la camisa seca las lágrimas de Syd. No se preocupe, estoy bien. La pipa de Syd tiene un pequeño alambre enroscado en la caña. Todos los objetos metálicos están autorizados para ingresar.

El puño de Aideé golpea la pared de la celda mientras grita. Luego, todas ríen y fuman sin conversar. Usted ha ingresado al "Subsuelo 23", se recuerda a los señores viajantes que su permanencia no podrá superar las 72 horas. No se permite el consumo de drogas cuyo uso implique cualquier tipo de combustión, u otro proceso de contaminación del aire. Está absolutamente permitido el ingreso de alimentos provenientes de otras ciudades, por cuanto los transeúntes de tránsito temporalmente limitado, no podrán adquirirlos en ningún caso.


- CAPITULO 5 -
Se recuerda a los señores transeúntes que el porte y consumo de cocaína es absolutamente exclusivo de La Raza. En el papel hay por lo menos diez gramos blancos y puros. Después de Syd, está Aideé, que aspira con los ojos cerrados, repentinamente rojos. Las barandas azules, al costado de las calles, indican la Zona Exclusiva de la Raza. Se les desea, a los señores de La Raza, una feliz estadía y un feliz tránsito, al tiempo que se les informa sobre la siguiente prohibición: los esclavos o mascotas semihumanas de paseo o exposición, no podrán ingresar a los lugares públicos cuyas puertas presenten una banda roja, o azul...


(san juan 1989)

martes, 28 de junio de 2011

HORACIO QUIROGA / Los cazadores de ratas



Una siesta de invierno, las víboras de cascabel, que dormían extendidas sobre la greda, se arrollaron bruscamente al oír insólito ruido. Como la vista no es su agudeza particular, las víboras mantuviéronse inmóviles, mientras prestaban oído.

-Es el ruido que hacían aquéllos...-murmuró la hembra.

-Sí, son voces de hombres; son hombres -afirmó el macho.

Y pasando una por encima de la otra se retiraron veinte metros. Desde allí miraron. Un hombre alto y rubio y una mujer rubia y gruesa se habían acercado y hablaban observando los alrededores. Luego, el hombre midió el suelo a grandes pasos, en tanto que la mujer clavaba estacas en los extremos de cada recta. Conversaron después, señalándose mutuamente distintos lugares, y por fin se alejaron.

-Van a vivir aquí -dijeron las víboras-. Tendremos que irnos.

En efecto, al día siguiente llegaron los colonos con un hijo de tres años y una carreta en que había catres, cajones, herramientas sueltas y gallinas atadas a la baranda. Instalaron la carpa, y durante semanas trabajaron todo el día. La mujer interrumpíase para cocinar, y el hijo, un osezno blanco, gordo y rubio, ensayaba de un lado a otro su infantil marcha de pato.

Tal fue el esfuerzo de la gente aquella, que al cabo de un mes tenían pozo, gallinero y rancho prontos. -aunque a éste le faltaban aún las puertas. Después, el hombre ausentose por todo un día, volviendo al siguiente con ocho bueyes, y la chacra comenzó.

Las víboras, entretanto, no se decidían a irse de su paraje natal. Solían llegar hasta la linde del pasto carpido, y desde allí miraban la faena del matrimonio. Un atardecer en que la familia entera había ido a la chacra, las víboras, animadas por el silencio, se aventuraron a cruzar el peligroso páramo y entraron en el rancho. Recorriéndolo, con cauta curiosidad, restregando su piel áspera contra las paredes.

Pero allí había ratas; y desde entonces tomaron cariño a la casa. Llegaban todas las tardes hasta el límite del patio y esperaban atentas a que aquella quedara sola. Raras veces tenían esa dicha. Y a más, debían precaverse de las gallinas con pollos, cuyos gritos, si las veían, delatarían su presencia.

De este modo, un crepúsculo en que la larga espera habíalas distraído, fueron descubiertas por una gallineta, que, después de mantener un rato el pico extendido, huyó a toda ala abierta, gritando. Sus compañeras comprendieron el peligro sin ver, y la imitaron.

El hombre, que volvía del pozo con un balde, se detuvo al oír los gritos. Miró un momento, y dejando el balde en el suelo se encaminó al paraje sospechoso. Al sentir su aproximación, las víboras quisieron huir, pero únicamente una tuvo el tiempo necesario, y el colono halló sólo al macho. El hombre echó una rápida ojeada alrededor, buscando un arma y llamó -los ojos fijos en el gran rollo oscuro:

-¡Hilda! ¡Alcanzáme la azada, ligero! ¡Es una serpiente de cascabel!

La mujer corrió y entregó ansiosa la herramienta a su marido.

Tiraron luego lejos, más allá del gallinero, el cuerpo muerto, y la hembra lo halló por casualidad al otro día. Cruzó y recruzó cien veces por encima de él, y se alejó al fin, yendo a instalarse como siempre en la linde del pasto, esperando pacientemente a que la casa quedara sola.

La siesta calcinaba el paisaje en silencio; la víbora había cerrado los ojos amodorrada, cuando de pronto se replegó vivamente: acababa de ser descubierta de nuevo por las gallinetas, que quedaron esta vez girando en torno suyo, gritando todas a contratiempo. La víbora mantúvose quieta, prestando oído. Sintió al rato ruido de pasos -la Muerte. Creyó no tener tiempo de huir, y se aprestó con toda su energía vital a defenderse.

En la casa dormían todos, menos el chico. Al oír los gritos de las gallinetas, apareció en la puerta, y el sol quemante le hizo cerrar los ojos. Titubeó un instante, perezoso, y al fin se dirigió con su marcha de pato a ver a sus amigas las gallinetas. En la mitad del camino se detuvo, indeciso de nuevo, evitando el sol con el brazo. Pero las gallinetas continuaban en girante alarma, y el osezno rubio avanzó.

De pronto lanzó un grito y cayó sentado. La víbora, presta de nuevo a defender su vida, deslizóse dos metros y se replegó. Vio a la madre en enaguas correr hacia su hijo, levantarlo y gritar aterrada.

-¡Otto, Otto! ¡Lo ha picado una víbora!

Vio llegar al hombre, pálido, y lo vio llevar en sus brazos a la criatura atontada. Oyó la carrera de la mujer al pozo, sus voces. Y al rato, después de una pausa, su alarido desgarrador:

-¡Hijo mío...!





Nota: Horacio Quiroga nació en Salto, República Oriental del Uruguay. Sin embargo, por sus muchos años de residencia argentina, por haber publicado casi todos sus libros en Buenos Aires y por el ambiente y los temas de sus obras, puede legítimamente ser considerado escritor argentino.
MÁS DATOS Y TEXTOS DE HORACIO QUIROGA

Fuente: QUIROGA, HORACIO, Anaconda. El salvaje. Pasado amor. Buenos Aires, Sur, 1960 (págs. 173-174)


lunes, 26 de marzo de 2007

Cuento para tahúres




El equipo de EL MOMO POESIA en homenaje a los detenidos, desaparecidos y asesinados durante la última dictadura militar en Argentina. A 31 años del golpe de estado de 1976.

Cuento para tahúres
Por Rodolfo Walsh

Salió no más el 10 un 4 y un 6 cuando ya nadie lo creía. A mí qué me importaba, hacía rato que me habían dejado seco. Pero hubo un murmullo feo entre los jugadores acodados a la mesa del billar y los mirones que formaban rueda. Renato Flores palideció y se pasó el pañuelo a cuadros por la frente húmeda. Después juntó con pesado movimiento los billetes de la apuesta, los alisó uno a uno y, doblándolos en cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre los dedos de la mano izquierda, donde quedaron como otra mano rugosa y sucia entrelazada perpendicularmente a la suya. Con estudiada lentitud puso los dados en el cubilete y empezó a sacudirlos. Un doble pliegue vertical le partía el entrecejo oscuro. Parecía barajar un problema que se le hacía cada vez más difícil. Por fin se encogió de hombros.
Lo que quieran...dijo.
Ya nadie se acordaba del tachito de la coima. Jiménez, el del negocio, presenciaba desde lejos sin animarse a recordarlo. Jesús Pereyra se levantó y echó sobre la mesa, sin contarlo, un montón de plata.
La suerte es la suerte dijo con una lucecita asesina en la mirada. Habrá que irse a dormir.
Yo soy hombre tranquilo; en cuanto oí aquello, gané el rincón más cercano a la puerta. Pero Flores bajó la vista y se hizo el desentendido.
Hay que saber perder dijo Zúñiga sentenciosamente, poniendo un billetito de cinco en la mesa. Y añadió con retintín: Total, venimos a divertirnos.
- ¡Siete pases seguidos! -comentó, admirado, uno de los de afuera.
Flores lo midió de arriba abajo.
¡Vos, siempre rezando! dijo con desprecio.
Después he tratado de recordar el lugar que ocupaba cada uno antes de que empezara el alboroto. Flores estaba lejos de la puerta, contra la pared del fondo. A la izquierda, por donde venía la ronda, tenía a Zúñiga. Al frente, separado de él por el ancho de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levantó dos o tres más hicieron lo mismo. Yo me figuré que sería por el interés del juego, pero después vi que Pereyra tenía la vista clavada en las manos de Flores. Los demás miraban el paño verde donde iban a caer los dados, pero él sólo miraba las manos de Flores.
El montoncito de las apuestas fue creciendo: había billetes de todos tamaños y hasta algunas monedas que puso uno de los de afuera. Flores parecía vacilar. Por fin largó los dados. Pereyra no los miraba. Tenía siempre los ojos en las manos de Flores.
-El cuatro -cantó alguno.
En aquel momento, no sé por qué, recordé los pases que había echado Flores: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y ahora buscaba otra vez el 4.
El sótano estaba lleno del humo de los cigarrillos. Flores le pidió a Jiménez que le trajera un café, y el otro se marchó rezongando. Zúñiga sonreía maliciosamente mirando la cara de rabia de Pereyra. Pegado a la pared, un borracho despertaba de tanto en tanto y decía con voz pastosa:
¡Voy diez a la contra! Después se volvía a quedar dormido.
Los dados sonaban en el cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho pares de ojos rodaban tras ellos. Por fin alguien exclamó:
¡El cuatro! En aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo. Encima de la mesa había una lamparita eléctrica, con una pantalla verde. Yo no vi el brazo que la hizo añicos. El sótano quedó a oscuras. Después se oyó el balazo.
Yo me hice chiquito en mi rincón y pensé para mis adentros: "Pobre Flores, era demasiada suerte". Sentí que algo venía rodando y me tocaba en la mano. Era un dado. Tanteando en la oscuridad, encontré el compañero.
En medio del desbande, alguien se acordó de los tubos fluorescentes del techo. Pero cuando los encendieron, no era Flores el muerto. Renato Flores seguía parado con el cubilete en la mano, en la misma posición de antes. A su izquierda, doblado en su silla, Ismael Zúñiga tenía un balazo en el pecho.
"Le erraron a Flores", pensé en el primer momento, "y le pegaron al otro. No hay nada que hacerle, esta noche está de suerte."
Entre varios alzaron a Zúñiga y lo tendieron sobre tres sillas puestas en hilera. Jiménez (que había bajado con el café) no quiso que lo pusieran sobre la mesa de billar para que no le mancharan el paño. De todas maneras ya no había nada que hacer.
Me acerqué a la mesa y vi que los dados marcaban el 7. Entre ellos había un revólver 48.
Como quien no quiere la cosa, agarré para el lado de la puerta y subí despacio la escalera. Cuando salí a la calle había muchos curiosos y un milico que doblaba corriendo la esquina.

Aquella misma noche me acordé de los dados, que llevaba en el bolsillo ¡lo que es ser distraído!, y me puse a jugar solo, por puro gusto. Estuve media hora sin sacar un 7. Los miré bien y vi que faltaban unos números y sobraban otros. Uno de los "chivos" tenia el 8, el 4 y el 5 repetidos en caras contrarias. El otro, el 5, el 6 y el 1. Con aquellos dados no se podía perder. No se podía perder en el primer tiro, porque no se podía formar el 2, el 3 y el 12, que en la primera mano son perdedores. Y no se podía perder en los demás porque no se podía sacar el 7, que es el número perdedor después de la primera mano. Recordé que Flores había echado siete pases seguidos, y casi todos con números difíciles: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y a lo último había sacado otra vez el 4. Ni una sola clavada. Ni una barraca. En cuarenta o cincuenta veces que habría tirado los dados no había sacado un solo 7, que es el número más salidor.
Y, sin embargo, cuando yo me fui, los dados de la mesa formaban el 7, en vez del 4, que era el último número que había sacado. Todavía lo estoy viendo, clarito: un 6 y un 1.
Al día siguiente extravié los dados y me establecí en otro barrio. Si me buscaron, no sé; por un tiempo no supe nada más del asunto. Una tarde me enteré por los diarios que Pereyra había confesado. Al parecer, se había dado cuenta de que Flores hacía trampa. Pereyra iba perdiendo mucho, porque acostumbraba jugar fuerte, y todo el mundo sabía que era mal perdedor. En aquella racha de Flores se le habían ido más de tres mil pesos. Apagó la luz de un manotazo. En la oscuridad erró el tiro, y en vez de matar a Flores mató a Zúñiga. Eso era lo que yo también había pensado en el primer momento.
Pero después tuvieron que soltarlo. Le dijo al juez que lo habían hecho confesar a la fuerza. Quedaban muchos puntos oscuros. Es fácil errar un tiro en la oscuridad, pero Flores estaba frente a él, mientras que Zúñiga estaba a un costado, y la distancia no habrá sido mayor de un metro. Un detalle lo favoreció: los vidrios rotos de la lamparita eléctrica del sótano estaban detrás de él. Si hubiera sido él quien dio el manotazo, dijeron, los vidrios habrían caído del otro lado de la mesa de billar, donde estaban Flores y Zúñiga.
El asunto quedó sin aclarar. Nadie vio al que pegó el manotazo a la lámpara, porque estaban todos inclinados sobre los dados. Y si alguien lo vio, no dijo nada. Yo, que podía haberlo visto, en aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo, que no llegué a encender. No se encontraron huellas en el revólver, ni se pudo averiguar quién era el dueño. Cualquiera de los que estaban alrededor de la mesa, y eran ocho o nueve, pudo pegarle el tiro a Zúñiga.
Yo no sé quién habrá sido el que lo mató. Quien más quien menos tenía alguna cuenta que cobrarle. Pero si yo quisiera jugarle sucio a alguien en una mesa de pase inglés, me sentaría a su izquierda, y al perder yo, cambiaría los dados legítimos por un par de aquellos que encontré en el suelo, los metería en el cubilete y se los pasaría al candidato. El hombre ganaría una vez y se pondría contento. Ganaría dos veces, tres veces... y seguiría ganando. Por difícil que fuera el número que sacara de entrada, lo repetiría siempre antes de que saliera el 7. Si lo dejaran, ganaría toda la noche, porque con esos dados no se puede perder.
Claro que yo no esperaría a ver el resultado. Me iría a dormir, y al día siguiente me enteraría por los diarios. ¡Vaya usted a echar diez o quince pases en semejante compañía! Es bueno tener un poco de suerte; tener demasiada no conviene, y ayudar a la suerte es peligroso. . .
Sí, yo creo que fue Flores no más el que lo mató a Zúñiga. Y en cierto modo lo mató en defensa propia. Lo mató para que Pereyra o cualquiera de los otros no lo mataran a él. Zúñiga por algún antiguo rencor, tal vez le había puesto los dados falsos en el cubilete, lo había condenado a ganar toda la noche, a hacer trampa sin saberlo, lo había condenado a que lo mataran, o a dar una explicación humillante en la que nadie creería.
Flores tardó en darse cuenta; al principio creyó que era pura suerte; después se intranquilizó; y cuando comprendió la treta de Zúñiga, cuando vio que Pereyra se paraba y no le quitaba la vista de las manos, para ver si volvía a cambiar los dados, comprendió que no le quedaba más que un camino. Para sacarse a Jiménez de encima, le pidió que le trajera un café. Esperó el momento. El momento era cuando volviera a salir el 4, como fatalmente tenía que salir, y cuando todos se inclinaran instintivamente sobre los dados.
Entonces rompió la bombita eléctrica con un golpe del cubilete, sacó el revólver con aquel pañuelo a cuadros y le pegó el tiro a Zúñiga। Dejó el revólver en la mesa, recobró los "chivos" y los tiró al suelo. No había tiempo para más. No le convenía que se comprobara que había estado haciendo trampa, aunque fuera sin saberlo. Después metió la mano en el bolsillo de Zúñiga, le buscó los dados legítimos, que el otro había sacado del cubilete, y cuando ya empezaban a parpadear los tubos fluorescentes, los tiró sobre la mesa. Y esta vez sí echó clavada, un 7 grande como una casa, que es el número más salidor...



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viernes, 9 de marzo de 2007

CUENTO DE XIMENA ARANDA CAÑA (Chile)

DELANTAL FLOREADO
Sus ojos miraban como hipnotizados el número de lotería que, colgado de unos perros de ropa parecía decirle: ¡cómprame! Él pensó: “me gasto lo que tengo en el bolsillo y al llegar a casa... la vieja me asesina”, porque seguro que no va a tener té, o azúcar y...con qué cuento le salgo yo?
El número de lotería se movía suavemente, invitándole a entrar a la pequeña librería y comprarlo. Sus manos ardían y también le transpiraban; su corazón comenzó a palpitar con fuerte ritmo; su pies, cansados, arrastraron su cuerpo sin voluntad hasta el interior del local. Las escasas monedas de su bolsillo brincaron fuera y sin darse casi cuenta un entero de lotería reemplazó la comida de su familia.
Comenzó a caminar avergonzado de su acción y temiendo a los gritos de su mujer, como también a la mirada acusadora de sus hijos. Se dijo así mismo que era un desastre, un incapaz de sujetar sus ansias de juego. Recordó el último partido de dominó, que casi le costó un par de costillas rotas y una ida al hospital, pues su mujer agarró tal bravura que con una escoba le dio de palos y luego lo echó a la calle a trabajar, para recuperar lo que había quedado en la mesa de juego.
Simplemente, murmuró: ¡no tengo remedio! y resignado a su triste suerte continuó su andar. Efectivamente, no alcanzó a abrir la boca y escuchó el canto de siempre: “eres un atorrante”. Un desconsiderado! Un mal padre, etc., etc.
Su mente se evadía de las palabras y gestos de su mujer, pensaba en las bondades que tendría a partir del domingo; se veía así mismo tímido y asustado frente a la ventanilla de la lotería cobrando su premio y ante sus ojos desorbitados miles, miles de billetes se irían alineando, entonces...en ese momento él tomaba una determinación.
- Es que no me estai escuchando? Te digo que tenis que hacer algo. Necesito comprar pan, leche y otras cosas pa’los cabros y vos... sopapo... soñando leseras... sí serai...
- Ya mujer, deja de gritar, ya me voy. Veré qué puedo hacer...
- Claro, segurito que vai a ir al banco a buscar plata, gruñó la mujer.
Cerró tras de si la puerta y respiró aliviado. Qué diferente habría sido su vida sí ella no gritara tanto y lo acompañara más... Cuando tenía buena pega y buen billete ella también había encontrado motivos para hacerle sentir inferior. Como quién dice: “palos porque bogas y palos porque no”. Él tenía un amigo, más que eso era su compadre y un buen chato, fue hasta donde él.
- No te preocupís gallo! Le había dicho al tiro: algún día me devolví el favor y había agregado: pa’eso están los amigos!
Los días corrieron como huyendo del reloj y en su bolsillo – olvidado – todo el entero de la lotería, quedó. No hubo tiempo para sueños ni para evasiones, sólo para trabajar duro y pesado. Gritos en la casa por la escasa plata y noches solitarias que parecían no querer dejar paso al alba. El domingo hubo fútbol, garrafas y empanadas. Empinó el codo más arriba del brazo y la vieja rezongó como catre viejo. Ja, ja, las nubes de alcohol del tinto y del otro, los goles y la alegría amortiguaron el chaparrón casero. Esa noche pensó que había sido un día afortunado, total no cualquiera tenía un domingo con: ocho goles de una sentada, un combo al árbitro, siete expulsados de la cancha y una galería completa cuesta abajo. Manso enredo en el estadio, chillaba la galucha, gritaban los cabros chicos, llegaron los verdes y.... a apretar llaman! Entre tanta carrera, cuidando que no se le quebrara el chuico, su compadre con la transistor en la oreja le dijo:
- Sabís la última? La lotería cayó en Coquimbo!
- Cresta, dijo él, no estí embromando... y para sus adentros pensó: ¡suertecita del jetón que se la sacó... ¡Qué haría yo con un poquito que me tocara....!
Y el lunes continuó con su pega de estibador y con un terrible dolor de cabeza, que hacía que la carga de las grúas pareciera livianita. A cada rato las miraba, no fuera cosa que el guatón le aforrara otro tortazo con la carga, como esa vez que se le aflojaron los sacos de harina de pescado y casi lo dejó como estampilla.
Por la tarde arrastró su cansancio por la calle principal y se detuvo en la ventana de la pequeña librería, como queriendo ver ahí el número de su boleto. La ventana se reía en su cara y le hacía morisquetas; un letrero gigante le enseñaba el número ganador. Echó mano a su bolsillo, no podían ser los mismos... ahí estaba el número, igualito al del letrero.
- ¡Mi madre!
Se le secó la garganta, le temblaron las piernas, se le humedecieron las manos y lágrimas de hombre se arrancaron de sus ojos; sintió que el mundo del puerto se posaba sobre sus espaldas y exclamó:
- Ahora si que me caigo muerto aquí mismito!
- Concha e’la lora, esta si que es suertecita!
- Y qué hago ahora aquí parado, digo yo?
Temblando como una hoja encaminó sus pasos al interior del local, con voz tímida y baja preguntó a la señorita que atendía, sí podría él cobrar una terminación. Ella le dijo:
- Podría venir mañana?, mire que aún no nos llegan las listas oficiales...
- Ay Dios!, y ahora qué hago? ¿Cómo paso esta noche callando lo que llevo encima?
Su paso se tornó ágil y salió un silbido de sus labios; caminó como si fuera el dueño de la calle. La alegría lo envolvía y no alcanzó a entrar a la casa cuando volvió a escuchar la eterna cantinela...y se juró...grita no más mujer, que hasta mañana te aguanto...vieja...
Muy temprano, al día siguiente, se fue a cobrar el número premiado, olvidándose de su pega en el puerto y del mundo que continuaba girando. Le dieron un cheque para un banco y carné en la mano lo cobró en la ventanilla. Una niña de ojitos verdes, que allí trabajaba, le dijo que era mucha plata y que mejor abriera una libreta de ahorro y gastara sólo de a poquito. La encontró tan re bonita, que total na’perdía y en voz alta le dijo:
- Cómo mande su mercé!
- Puchas la libreta pa’linda que le dieron y tenía tantos ceros pa’l lado. Así y todo, con el bolsillo forrado en billetes, como para taparle la boca a la vieja, y llenar a los cabros de ropa, salió del banco.
Ah! entremedio recordó que tenía que buscar a su compadre y tenía que convidarlo a darse un baño de champaña, hasta ahogarse en sus burbujas...igualito que en las películas.
Pensando en sus nuevos planes emprendió el camino del zig-zag, cerro arriba. Chitas con su compadre recorrerían toditos los bares...uno por uno! Se comprarían una casa de huifas para ellos solos y de paso sacarían al guatón de la grúa y lo harían bailar hasta que bajara de peso. Cuando la parranda disminuyeran un poco se irían a una tienda y se comprarían una “pinta” nueva, de esas de miedo, con sombrero y todo! Total, si no se usan, da lo mismo, me saqué la lotería y qué jue!!!
- Ah, su vida sería otra de ahora en adelante, le diría a la vieja: mire señora, haga el favol de bajarse en el tono de la voz al hablarme. Más respeto conmigo, soy el dueño de casa, sírvame el tes...
Estiró su temblorosa mano para abrir la puerta de la casita y ésta, como si fuera mágica, se abrió de par en par y una chillona voz retumbó en sus oídos:
-¡Ajá! con que el tontito se sacó la lotería!!!
- ¡Pónga la torta en esta mano, que usted de administrar un peso no sabe na!
- Ah… y no ande soñando con salir con su compadre...ni a la esquina!!
En un dos por tres, sus sueños, su farra y su pequeña fortuna se habían metido en el profundo bolsillo del delantal floreado de su mujer.

viernes, 15 de septiembre de 2006

LEONARDO GARCIA PAREJA (Premio CFI 2004)

Para toda la vida

Salir de una ciudad en tren puede ser desagradable o triste o las dos cosas a la vez. Uno ve el costado infame de la condición humana. Basureros municipales, villas miseria, una mujer arrojando un balde de algo sucio, con una multitud de niños descalzos brotándole entre los pies. Los saludos infantiles se desvanecían en el vidrio hasta desaparecer para ser sustituidos por un vagón descarrilado que deja paso a un cartel de Geniol y éste a una chacarita de aceros olvidados donde una docena de lavarropas y heladeras consentían que su chapa se oxidara contra un cielo indiferente. Vi cómo mamá apretaba con fuerza la mano arrugada de mi padre que todavía gruñía. El golpeteo monótono me facilitó acompañarlo, por unos instantes, en el hilo de sus pensamientos.
Era el mes de agosto, recuerdo, cuando un camión dejó caer aquella máquina sobre nuestro jardín, un lavarropas Westinghouse. Pesaba una enormidad, por lo que algunos de los vecinos del Callejón de Las Moreras, que se habían reunido para apreciar la maravilla de la ingeniería que había decidido posarse en nuestro hogar, se apresuraron a ayudar en la ardua tarea de bajarlo del camión. La tía Teresa preparó masas caseras y el abuelo se atrevió a descolgar un jamón desde la piecita del fondo que cortó con prolija paciencia. Los chicos hicimos una ronda alrededor del cilindro reluciente y, aunque se nos prohibió tocarlo, nos sentamos a mirarlo mientras bebíamos leche tibia.
Algunos daban indicaciones acerca de la manera de instalarlo mientras otros opinaban acerca del motor o la garantía. En ese momento mi madre comentó que sería abonado en cuarenta y ocho pequeñas cuotas que no dejaron dormir a mi padre durante cuatro años, pero, claro, yo entonces no sabía lo que era una cuota ni conocía la elástica dimensión de un año.
Ese día no lo hicieron funcionar porque el abuelo, que había estudiado hasta tercero en la Escuela de Minas, quería leer el manual de instrucciones y la tía deseaba hacerlo bendecir antes de echarlo a andar.

Me recosté para mirar una vez más las manos transparentes de mi madre, manos con cordones azulados y arroyos de café con leche. Noté en la ventanilla la presencia de un letrero negro que decía “Luján” en el momento que el tren comenzaba nuevamente su monótona marcha. Mi padre seguramente tendría su mente puesta en el viaje, en el otro viaje, el que habíamos emprendido seis años atrás.

Cuando subimos al Kaiser Caravelle llevamos la jaula con Cirilo, un par de sillas de paja (las que estaban mejor de las seis), salames de Coronda, dulce de membrillo en cantidad, unos papeles que decían que papá trabajaría en la radio. El lavarropas no entró, de todas formas la tecla de encendido ya no funcionaba y era necesario desenchufarlo para que dejara de rechinar.
Desembarcamos en un departamento, cerca de Constitución. Dos ambientes, tercer piso con ascensor. Recuerdo haber subido y descendido cuatro o cinco veces seguidas en aquella caja de rejas y poleas, es que cuando llegaba al tercero me ponía a llorar porque no quería que bajáramos; entonces mi padre accedía a regresar una vea más a la planta baja, ante la cara de estás consintiendo demasiado a ese chico que ofrecía mi madre.
Las primeras tardes encendíamos la radio media hora antes de que comenzara “El otoño en que te amé”. El aparato demoraba un buen tiempo en calentar sus válvulas y después emitía unos rugidos, similares a los de un gato, por lo que Cirilo se separaba dentro de su pequeño mundo de alambre y alpiste. Más tarde llegaba la voz del locutor y de los artistas que apenas si oíamos porque estábamos atentos a los sonidos de fondo que, con los materiales más insólitos, papá se ocupaba de producir.
Diez años afiliado al partido, pegando carteles en las paredes y dando palmadas en el hombro le habían valido la posibilidad de codearse con Zully Láinez y Alfonso Pérez Tomba en aquella legendaria Radio Nacional.
Recuerdo un día en el que, cuando papá llegó, mamá lloraba desconsoladamente y es que, estando ahí mismo, mi padre había sido incapaz de hacer algo para que Carlos Alejandro no se alejara de Margarita Sofía.
Pero la tarde que más marcó nuestras vidas fue aquella en que mamá le dijo que Cirilo había muerto. Ella estaba segura de que había fallecido porque el pobre pájaro no había vuelto a ver el cielo. También dijo que moriríamos como Cirilo porque en Buenos Aires no había cielo y eso nos mataría a todos poco a poco. De nada valieron las explicaciones que quiso argumentar mi padre. Mamá lo acusó de condenarnos de aquella manera, si era evidente que cada vez estábamos más pálidos. Fueron meses de discusiones ásperas, amenazas, llanto entrecortado. Papá juró gritando que jamás en la vida, pero jamás de los jamases, volvería al pueblo como un fracasado.

El tren se detuvo frente a un cartel que decía “Estación Junín”. Estaba nublado. Pasó un tiempo inexplicable antes de que la locomotora comenzara nuevamente a decir su áspero gemido de conquista. Mi madre pronto se quedó dormida.
Llegamos de noche, por suerte. Caminamos como pudimos, arrastrando unos bolsos desvencijados hasta nuestro Callejón de Las Moreras. Al viejo Kaiser Caravelle lo habíamos tenido que vender para pagar los pasajes y las deudas. El único que no reía era mi padre. Cuando abrimos la puerta nos recibió una nube de polvo y tela de araña. Lo primero que vimos detrás de la nube, y como si estuviera esperándonos, fue ese inmenso lavarropas, inmutable. Sobre un costado podía leerse claramente: “Westinhouse, para toda la vida”.
Leonardo García Pareja

martes, 29 de agosto de 2006

JOSE LUIS GUAJARDO (San Juan) TEXTOS

EL ENCUENTRO
A nuestro alrededor había seres que nos observaban y se reían de nuestras ocurrencias, de nuestras genialidades.
Nosotros disfrutábamos, por lo menos yo, me sentía a mis anchas en ese aquelarre literario, en esa fiesta de palabras soltadas al aire que despertaban distintos sentidos, distintos sonidos en aquellos que nos escuchaban.
Como las puertas a los otros mundos estaban abiertas fuimos visitados y a veces molestados por quienes eran despertados por nuestras palabras.
Así vinieron: generales victoriosos, filósofos con hambre, reyes destituidos, duendes borrachos, niños gatos y hasta mesitas de luz enojadas.
No no importaba, nosotros seguíamos sacando papeles escritos de nuestros bolsillos de nuestra ropa interior de nuestra alma. Y las soltábamos al viento para que se elevaran al paraíso o descendieran al infierno, para que corrieran libres o cayeran a nuestros pies, agotadas.
Algunas atrevidas, tocaban la cola de los duendes que nos escuchaban, otras se sumergian tristes y cansadas en algún vaso de vino y emergian borrachas de tristeza llorando sus frustaciones.
Yo estaba leyendo una de mis tonterías, esa que escribí al borde del precipicio desolado de la desesperanza, y al levantar la vista del papel, te vi, dulce ilusión esperada, con tus ojos sonrientes y tu boca iluminada, la carita de luna llena me miraba fijo y divertida, se reía de mi tonta desconfianza del mundo. Y te fuiste, te alejaste después de regalarme una visión de tus dientes maravillosos y yo como siempre me quedé con mis papeles en la falda boquiabierto, esperando...
Sobre el autor

viernes, 21 de abril de 2006

JOSE CAMPUS presenta su libro

HOY 21 de abril, el poeta y dramaturgo sanjuanino
José Campus persentará su tercer libro de cuentos:
VOLUMEN 3.
El acto se desarrollará a partir de la 19,30 hs.
en la Facultad de Filosofía Humanidades y Artes de la UNSJ,
ubicada en las intersección de las calles Ignacio de la Rosa y Sarmiento.
La presentación estrará a cargo de la Profesora Delia Beatriz González,
quien es además la prologista del libro en cuestión.
LOS ESPERAMOS.

lunes, 13 de marzo de 2006

ESE ANDRES RIVERA

Por Ernesto Simón

Es, a mi modesto modo de ver, uno de los mejores escritores vivos de habla hispana. Dejo acá, como al descuido, una breve semblanza de Andrés Rivera. El escritor de las heridas abiertas.

Nació en Buenos Aires en 1928. Alguna vez fue obrero textil. Su narrativa contundente muestra una parte de la historia que hasta hoy nos hemos negado a mirar. Leer a Rivera es embarcarse en un viaje placentero y comprometedor. Acaso este escritor sea uno de los más apasionantes narradores vivos que América del Sur pueda ofrecernos. En 1985 obtuvo el Segundo Premio Municipal de Novela con En esta dulce tierra. En 1992 recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela La revolución es un sueño eterno, y en 1993 la Fundación El Libro distinguió La Sierva como el mejor libro publicado en 1992. En Octubre de 1995 recibió el Premio del Club de los XIII por El verdugo en el umbral. Su novela El farmer, sobre los años finales de Juan Manuel de Rosas, permaneció varias semanas entre los libros más vendidos en Argentina en 1996. Actualmente vive en la Ciudad de Córdoba, Argentina. Entre sus obras es preciso señalar Nada que perder, La revolución es un sueño eterno, El amigo de Baudelaire, La sierva, Mitteleuropa, El farmer, La lenta velocidad del coraje, Hay que matar, Ese Manco Paz, Cría de asesinos y su última novela Esto por ahora. Por estos días he vuelto a Andrés, como quien vuelve a visitar a su viejo maestro. En su novela, Esto por ahora, de nuevo me sorprende en la literatura ese brillo poderoso de las cosas vivas que se siguen transfigurando, pero que nunca dejaron de ser la vida; salvaje, vengativa, fatal, la vida en sí, y eso es todo.

Ha sabido usar el recurso que algunas llaman "aliteración" como nadie. Su martilleo es poderoso y perturbador. Es cruel. Porque va zanjando el pecho del lector con frases contundentes y lacerantes. y cuando el lector (yo)parece desangrarse, aparece la dulzura tierna del escritor profundo que termina conteniendo el dolor descubierto. Leer a Andrés Rivera, es descubrir el dolor que llevamos adentro y hacerlo salir por esa profunda lastimadura que suelen ser los días.

Fragmentos de su prosa:“¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? ¿Qué derrotó a la utopía? ¿Porqué, con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionan la utopía? ¿Escribo de causas o escribo de efectos? ¿Escribo de efectos y no describo las causas? ¿Escribo de causas y no describo los efectos?”“Escribo la historia de una carencia, no la carencia de una historia. Y ahora escribo: me llamaron -¿importa cuándo?- el orador de la Revolución. Yo, Juan José Castelli, que escribí que un tumor me pudre la lengua, ¿sé, todavía, que una risa larga y trastornada cruje en mi vientre, que hoy es la noche de un día de junio, y que llueve, y que el invierno llega a las puertas de una ciudad que exterminó la utopía pero no su memoria?”

De la novela: La revolución es un sueño eterno.

jueves, 2 de marzo de 2006

Evolución


Sábado a la noche. Una multitud de jóvenes caminan por la Avenida Libertador a la altura de los bares. Son tres o cuatro cuadras en las que no cabe ni un solo pub más. De visita en la ciudad, el hombre de unos setenta años decide caminar por la zona. Se pone los antejos oscuros y un gorro de lana. Así no van a reconocerme. Nadie va a reconocerme, piensa.
Camina. Se detiene cada tanto. Escucha. De cada pub sale una música furiosa, distinta, recordada. Entra a uno, Deep Blue resto bar, dice el cartel de la entrada. Ni bien abre la puerta, una ráfaga de rock lo recibe. Una banda formada por pibes de no más de dieciocho años está tocando. “Cada vez que respiras” suena en el ambiente, y no queda espacio en el lugar para otra cosa que no sea esa vieja canción. El hombre escucha unos segundos y se apresura a salir. Maldita civilización, piensa, hace más de cincuenta años que compuse esa canción y la humanidad no ha evolucionado nada.
Sting apresura el paso y decide volver al hotel.

Ernesto Simón, Argentina.
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